Curaduría: Adriana Collado-Chaves
Del 30 de marzo del 2017 al 13 de mayo del 2017.
Inauguración 30 de marzo, 7 p.m.
Sala 2 y 3

Naturaleza oculta. Guillermo Tovar

Desde que el humano es humano, la búsqueda de la verdad lo fascina y preocupa. La Verdad, con mayúscula; madre de ritos mágicos, credos, filosofías, religiones e investigaciones científicas. Ella, la hermética, la que sólo se desnuda ante quienes aprenden a "ver más allá". Tal parece que una cualidad de La Verdad es que se cubre bajo el ropaje de las apariencias. Por eso, para descubrirla hay que aprender a observar la realidad con otros ojos: los de la mente.

La etimología de la palabra "verdad" se refiere a esa acción de develar los secretos detrás del mundo que nos rodea. En griego el término "verdad" está formado por el prefijo "a" que quiere decir "sin" seguido por el sufijo "lethia", que significa "ocultar". De "lethia" deriva "lethe" que quiere decir "olvido". Por tanto, "la verdad" vendría a ser entendida como el acto de apreciar lo que ha quedado "sin ocultamiento" o de recordar lo olvidado. En latín "estar oculto" se dice "lateo" y de ahí surge la palabra "latente". Podría interpretarse asimismo "la verdad" como el enigma latente detrás de todo lo que vemos, o bien, como la latencia de la memoria.

Un espeleólogo del conocimiento que usa la mente, la mano y el ojo en busca de la verdad escondida en el mundo natural: así el aprendiz de mago, así el artista, así Guillermo Tovar en su proceso creativo.

De Guillermo Tovar lo que más ampliamente se conoce es su gráfica experimental, que en el 2006 llegó a un punto álgido con el Premio Aquileo J. Echeverría en Dibujo. Posteriormente Tovar sintió la necesidad de migrar a otros lenguajes, como la animación digital, el tatuaje y la pintura. Esta producción multidimensional sólo se ha dado a conocer fragmentariamente en medios digitales.

Lo que escapa a simple vista y pretende mostrar esta exposición es que la obra reciente de Guillermo Tovar es una sola sobre muchos formatos, porque su percepción del mundo natural discurre en un continuum de transferencias, que unas veces toman forma en el lienzo y otras en el papel, en la pantalla del computador o en la piel de una persona. Su obra es y representa lo mismo: la organicidad de la vida que trasmuta.

Interesado en el estudio de diversas filosofías y corrientes esotéricas, Tovar procura que sus imágenes muestren el flujo de EL TODO-UNO, una especie de inteligencia superior inherente a las manifestaciones fenoménicas de la materia. Así, aunque cada una de sus obras conserva su unicidad, todas estarían ligadas a una verdad esencial: son expresiones de una mente universal. Esta energía lo atraviesa todo con ritmo y vibración. Todo fluye y refluye.

El curso de los ríos, el vaivén de la marea, el magma latente del volcán bajo una alfombra cuadriculada de pastos y sembradíos, el árbol que se retuerce entre el cielo y el suelo... y de pronto, el flujo de la vida gira tan rápido que el tronco se convierte en pájaro y el pájaro en chamán. Paradójicamente, este torbellino de concentración de vida sólo es evidente para quien desde la quietud de la contemplación mira el paisaje con todos los sentidos. Esto es lo que cree y siente Tovar en cada una de sus excursiones a entornos naturales. Ese flujo de vida de la naturaleza queda también plasmado en el conjunto de su obra, cuando las imágenes dan el salto y dejan de ser realistas para ser simbólicas.

Guillermo Tovar se asocia a una larga y fecunda tradición de paisajistas costarricenses que en diferentes épocas han rendido tributo a parajes naturales con potente carga simbólica. Sin embargo, en su caso no existe el deseo de idealizar la vida del campo. Si se quiere, su sensibilidad es más cercana a la del Romanticismo alemán, en la que el pintor buscaba captar lo sublime del paisaje, revelando la sobrecogedora fuerza divina que permanecería oculta tras el velo de la naturaleza.

Los parajes escogidos por Tovar para sus pinturas son en su mayoría sitios antiguos, que tanto en tiempos precolombinos como durante la colonia tuvieron importancia estratégica en tanto asentamientos y zonas de paso, tal es el caso de Tapantí en las cercanías de Orosi, las faldas del Volcán Irazú (Pacayas y Cervantes de Alvarado, así como el distrito de Llano Grande), los cerros de Escazú, las inmediaciones de Pacacua y lo que otrora fuera la Hacienda El Rodeo, Quebrada Honda, San Mateo de Orotina y las playas del Golfo de Nicoya.

Pero el artista no escogió ninguno de esos lugares porque estuvieran cargados de historia, sino porque para él están cargados con una vibración especial. En sus recorridos por múltiples zonas naturales del país, Tovar ha descubierto que hay territorios místicos, porque lo encantan y conmueven al punto de que retratarlos se convierte en un imperativo. En cambio hay otros lugares que simplemente son bellos, pero no hechizan. En todo caso, aunque no sea de forma conciente, quizás el peso de la historia también sea parte de la magia vibrante que encuentra Tovar oculta en estos sitios.

Para Guillermo Tovar los ojos son más que dos órganos sobre el rostro. Son sobre todo los canales que abren el ojo interior, el que ve con la mente. Y si la divinidad es una mente universal, ella habría de tener ojos interiores en todas partes, ojos que se abren a quien anda en busca del conocimiento y que iluminan La Verdad y la naturaleza oculta detrás de todas las cosas.

Adriana Collado-Chaves. Curador.