Curaduría: Adriana Collado-Chaves y Daniel Soto Morúa
Del 17 de agosto a 4 de noviembre del 2017.
Inauguración 17 de agosto, 7 p.m.
Salas 1, 2, 3 y 4

POTASIO. Moisés Barrios

“Somos lo que comemos”. Esta frase, común al hablar de nutrición, es escasamente asociada a temas de ética, sociología, economía y geopolítica, pero nació de una crítica al poder hegemónico y de la defensa al derecho de los pobres a mejores alimentos. Es atribuida al antropólogo y filósofo alemán del siglo XIX Ludwig Feuerbach, quien afirmaba: “Si quieren mejorar al pueblo, en lugar de discursos sobre el pecado dénle mejor comida. El hombre es lo que come”.

Entonces ¿qué comemos? ¿Podemos comer cualquier alimento en cualquier momento? Si es así, somos gente acaudalada en una sociedad rica. Pero esa abundancia tiene un precio: el conflicto. La distribución social de los recursos escasos es el origen de feroces luchas de poder. Tal es la historia de multinacionales agrícolas enclavadas en países pobres, que acabaron convirtiéndose en poderíos políticos y económicos capaces de orquestar el destino de las naciones donde operaban. Es la historia de la transnacional estadounidense United Fruit Company -UFCO- en Centroamérica y el Caribe que cobra vida en esta exposición.

El artista guatemalteco Moisés Barrios lleva décadas representando el universo de la UFCO y su gran imperio del banano. En 1996 participó en la exposición del Museo de Arte y Diseño Contemporáneo (MADC) Mesótica II/Centroamérica: re-generación, con obras de la serie Absolut Banana, una sátira al mainstream del arte contemporáneo y su distribución de la fortuna entre los artistas de los “centros” y los de las “periferias”. La exposición coincidía con los inicios de la odisea de Virginia Pérez-Ratton -entonces directora del MADC- por visibilizar el arte centroamericano a nivel internacional y promover la toma de conciencia de artistas e investigadores locales, respecto a su poder para “regenerar” los ethos del arte contemporáneo de la región. Ese “viaje heróico” impulsó a varios artistas a continur su producción, entre ellos Moisés, quien en esta exposición celebra lo andado recordando a Virginia.

Las sombras del banano

El banano contiene potasio, mineral fundamental para la salud. Los médicos recomiendan comer uno al día. Si todos los habitantes del planeta tuvieran derecho a la misma cuota alimenticia, eso significaría una producción diaria de 7.528 millones de bananos. Se requeriría que países y continentes completos se conviertieran en fincas bananeras. A juzgar por la rapacidad de las operaciones de la UFCO en América Latina, quizás ese era su sueño.

La UFCO nació en 1899, con la fusión de la Tropical Trading and Transport Company de Minor Keith y la Boston Fruit Company de Andrew W. Preston. La primera empresa nació en Costa Rica paralela a la construcción de ferrocarriles. Como el tráfico de pasajeros y mercaderías no era rentable, Keith incursionó en la producción de banano. Además, a cambio de negociar la deuda externa de Costa Rica con bancos en Gran Bretaña, recibió una concesión de 799 hectáreas de parte del gobierno. Rápidamente extendió su esfera de acción a Guatemala, Nicaragua, Panamá y Honduras. La segunda surgió cuando un capitán que había estado llevando bananos de Jamaica a Boston, se asoció con un importante agente de carga que tenía una gran flota de buques mercantes. Los bananos que se llevaron de Jamaica fueron los primeros que el mercado estadounidense consumió. Ese mercado tenía abundantes recursos y su insaciable demanda de la fruta trajo consigo consecuencias para las regiones productoras.

La UFCO adquirió las empresas rivales y se convirtió casi en un monopolio del mercado de frutas tropicales en Estados Unidos. Una de las empresas que compró se llamó Cuyamel Fruit Company y operaba en Honduras. Su dueño, Sam Zemurray, recibió como paga acciones de la UFCO. Cuando llegó la crisis económica mundial de 1929, el precio de las acciones de UFCO se vino a pique. Zemurray quedó con la mayor cantidad de acciones y tomó las riendas de la empresa, que floreció bajo su mando.

El emporio lo tenía todo: concesiones de tierra, red de ferrocarriles, buques mercantes, puertos estratégicos, exensiones de impuestos, control de los precios, obreros explotados, capataces enriquecidos, sindicatos mermados, gobiernos serviles, dictadores aliados, huelgas reprimidas, golpes de estado planeados y la complicidad del gobierno estadounidense y su agencia central de inteligencia para garantizar el control.

La saga de la UFCO se extiende hasta la década de 1970 cuando la empresa quebró y se transformó en Chiquita Brands International. Esta es una larga historia que adquirió matices particulares en cada país de Latinoamérica donde estuvo.

Para instalar sus bestiales “junglas bananeras”, la UFCO no sólo tumbó cientos de hectáreas de selvas tropicales, también derribó vidas, economías y gobiernos. La instalación de la Sala 1 del MADC representa la naturaleza cruel de la UFCO: es la escenificación de una tragedia. Los racimos de bananos, sillas y machetes pendulan sobre nuestras cabezas como fuerzas incontrolables, amenazantes y violentas. Estos tres elementos habitan varias series del universo representacional de Barrios. La silla, por ejemplo, la asocia a la minería como práctica de expoliación de recursos y hace referencia a la obra del artista conceptual Joseph Kosuth.

La particularidad de esta instalación es que las piezas que componen el conjunto son como fósiles petrificados en el tiempo. Las luces que se proyectan sobre la escena son cada día iguales, como la vida monótona y la muerte sin pena ni gloria de tantos obreros de las bananeras. Lo único que cambian son las sombras que nosotros proyectamos cuando entramos en escena. Quizá si somos conscientes de las sombras que la historia de la UFCO proyecta sobre nuestro presente, algo de nuestro destino pueda cambiar.

Esta escenificación dialoga de forma contrastante con la instalación en la Pila de la Melaza. Los bananos están listos para ser consumidos, en clara alusión a una sociedad que enguye lo que esté a su alcance sin cuestionarse los efectos de sus hábitos en la vida de otros.

Narraciones y Banana Republics

El término despectivo “República Bananera” está inspirado en lo que el estadounidense William Sydney Porter (conocido con el pseudónimo de O. Henry) vio en Honduras cuando el país estaba bajo la sombra de la Cuyamel Fruit Company. En su novela Repollos y Reyes, el país imaginario Anchuría aparece como el arquetípico territorio nacional transformado en finca bananera.

Múltiples estadounidenses y latinoamericanos han abordado desde la literatura el drama de las bananeras, entre ellos tres Premio Nóbel de Literatura: Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda y Gabriel García Márquez. En Guatemala destaca la obra de Manuel Galich y en Costa Rica la de Carlos Luis Fallas, Joaquín Gutiérrez y Ana Cristina Rossi. Cada uno, a su forma, ha interpretado esta historia.

En la Sala 2 queda evidenciado el inseparable ligamen de la producción de Barrios con la literatura, el cómic, la fotografía y el cine, pues se apropia de dos narraciones críticas y las entrelaza: una voz latinoamericana y otra estadounidense.

La primera, Mamita Yunai de Calufa, “la mamita que da y que quita” -como señala Barrios-, es una pieza de culto en Costa Rica y está traducida a muchos idiomas. Trata el relato casi autobiográfico de Fallas como liniero de la United; refleja el drama humano de los trabajadores bananeros y expone las luchas contra dicha tiranía desde su militancia en el Partido Comunista.

La segunda, Bananas, película de Woody Allen, es una tragicomedia en la que no se distingue entre la realidad disparatada y la irrealidad fantástica. De atrás para adelante o de adelante para atrás, la relaciones del imperialismo estadounidense con regímenes totalitarios regionales, rayaban en lo absurdo.

El taller del artista

Entre 1966 y 1974, Barrios trabajó en publicidad en Costa Rica, después partió a España donde, además de estudiar, se desempeñó como diseñador gráfico. En 1978 volvió a Guatemala, pero fue en 1986 cuando se dedicó al ejercicio de la pintura y a la observación del litoral del océano Pacífico por completo. Se permeó del entorno y la cotidianeidad y los representó -metafórica y poéticamente- a través de acuarelas que no solo mostraban escenas portuarias, sino las ruinas de una sociedad avasallada.

En una ocasión Barrios leyó que Guatemala había sido considerada por los estadounidenses como un “país virus”, o sea, uno cuyas ideas “comunistas” podrían “infectar y expandirse” en los países de la región. Se referían con ello a las políticas de reforma social y agraria que en los cincuenta del siglo XX impulsó el gobierno de Jacobo Arbenz. “El virus” que amenazaba los privilegios de la UFCO, fue exterminado con un golpe de Estado que organizaron el gobierno de Estados Unidos y la CIA con la ayuda de la UFCO. La “revancha personal” o justicia histórica de Barrios ha sido “bananearlo” todo -como él mismo expresa-, lo cual ha quedado plasmado en cientos de obras y decenas de series ejecutadas con maestría, malicia e ingenio. Su obra encarna así la ruptura con el establishment de un arte que no problematizaba ni conflictuaba la situación ocurrida en Guatemala en épocas modernas.

La pintura es su mejor arma, siempre con un estilo que recuerda la publicidad de las décadas de 1950 y 1960 en los Estados Unidos, en la cual la tipografía juega un papel importante. Así mismo, ha trabajado en la técnica del grabado durante toda su carrera, enfocado, sobretodo, en el paisaje y el bodegón. Por otro lado, la fotografía resulta una herramienta de apoyo, aunque al mismo tiempo, lo eleva a obra por la calidad técnica y compositiva con que la ejecuta.

Muchas de sus obras se suelen mirar, en la primera capa de lectura, de manera humorística, pero Barrios es un artista de referencias. Recurrentemente acude a recursos visuales de la publicidad para engañar al espectador, pero mediante algún elemento clave y desestabilizador manifiesta el contenido político. Para comprender su obra a profundidad hay que sumergirse en un ascensor de conexiones y narraciones.

Sus series inician y desenlazan con esa invasión de manchas negras que se extienden por sobre los paisajes, bodegones, figuras humanas, rótulos publicitarios y objetos, cubriendo con la piel del banano toda superficie existente. Entre sus series destacan -de la más antigua a la más reciente- Arcadia, Absolut Banana, El Museo de lo Obvio, Bananas, Café Malinowski, Contaminaciones, Edelweiss, Flora lunar, Iluminaciones, Ropa Americana Banana Republic, La Colección de Arte Latinoamericano de Mr. Taylor, Bananarama, Bananas Film, Canibalismo, Chiquita, Banana Shadow, Bananópolis, Potasio, entre muchas otras que carecen de título.

Su necesidad de supervivencia lo ha caracterizado por producir eufóricamente, por lo que, en la Sala 3 se rememora el taller del artista, no como espacio físico sino como terreno de productividad: la siembra de veinte años de trabajo que brota y reverbera en las paredes. Resaltan dos obras icónicas, eco de aquellas expuestas en 1996 en el MADC: Banana Art News (1997, Colección Virginia Pérez-Ratton) y La Larga Marcha III-Fanal (1998, Colección MADC).

El vacío tras la sobreabundancia

Después de la superproducción viene el vacío… la instalación Banana Chapel en Sala 4, se convierte en la coda final de la reflexión del autor. Se trata de una meditación íntima, conceptualmente a tono con los postulados del filósofo surcoreano residente en Alemania, Byung-Chul Han, sobre las patologías de nuestro siglo. Asimismo está estéticamente vinculada a la Rothko Chapel (1971, Houston, Estados Unidos), obra omisionada por John y Dominique de Menil, al artista estadounidense Mark Rothko y a los arquitectos Philip Johnson, Howard Barnstone y Eugene Aubry; es un centro de meditación que funciona como capilla, museo y foro, creado para abrirse a todas las creencias y religiones.

Sostiene Han que la superproducción y el súper rendimiento van aparejados de una autoexplotación del individuo, que queda exahusto pero nunca conforme, porque en el actual contexto productivo se nos instala la idea que siempre se puede dar más.

Si en nuestra sociedad es normal esclavizarse para producir sobreabundancia ¿cuán propensos somos a abusar de los recursos naturales para que se cumplan nuestras ambiciones? Al igual que los seres humanos cansados de producir sin límite, también la tierra se agota ante una demanda insaciable. Tal vez solo derrotados por el cansancio podamos detenernos a meditar acerca de abusos autoinflingidos y aquellos que toleramos con nuestras prácticas de consumo.

Adriana Collado-Chaves & Daniel Soto Morúa. Curadores MADC.


Reseña biográfica

Moisés Barrios (San Pedro Sacatepéquez, San Marcos, Guatemala, 1946) estudió en la Escuela Nacional de Artes Plásticas (Guatemala) y en la Escuela de Artes Plásticas (Costa Rica). Se inició como grabador en xilografía. Posteriormente, estudió grabado calcográfico en un taller libre de grabado impartido en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (España). A edad temprana trabajó en diseño gráfico y publicidad en Costa Rica y España, aspecto que definió a posterior su producción gráfica y pictórica. Fue miembro fundador del grupo “Presencia Imaginaria” (Guatemala). De manera individual ha expuesto en Casa de América (España), Galería El Laberinto (El Salvador), Engramme (Canadá), Galería Sol del Río (Guatemala) y Galería Imaginaria (Guatemala), Teor/éTica (Costa Rica) y Galería Equilátero (Costa Rica). Colectivamente ha participado en diversas ocasiones en la Bienal de Arte Paiz (Guatemala), Galería Klaus Steinmetz (Costa Rica), II Bienal Nacional de Lima (Perú), en el Taipei Fine Arts Museum  (Taiwán), en la 24 Bienal de Sao Paulo (Brasil), en el Centro Wilfredo Lam (Cuba), en el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo (Costa Rica), en el Museo Universitario del Chopo (México), entre otras.

Su obra se centra en la fascinación por lo pictórico, lo gráfico y lo publicitario, problematizando en torno a temas de colonialismo y post colonialismo, enfocados en la presencia de la United Fruit Company  en Centroamérica y el Caribe y sus implicaciones políticas, económicas y sociales en la región. Se dedica a la pintura y al grabado y ha incursionado en la fotografía como un medio auxiliar de su trabajo pictórico. Actualmente imparte talleres de grabado y pintura en los que comparte sus investigaciones pictóricas y gráficas. Es considerado uno de los artistas más destacados de Guatemala, ciudad en donde reside y trabaja.